"Antonio Gutiérrez Santurde"
Tengo diecinueve años, me llamo Ana
y estudio en la Facultad de Medicina de la Comunidad de Madrid. Pertenezco a
una familia normal, mi madre Luisa, se dedica a las tareas del hogar. Mi padre,
Fernando, es catedrático en la Facultad donde yo estudio. Tengo un hermano
mayor, si es que se le puede llamar hermano, luego veréis por qué, que se llama
Luis, casado y con un hijo.
Me
considero una joven muy activa, rechazo todo lo que pueda dañar a mis
semejantes y siempre lucho por la paz y la felicidad. Me gusta la diversión
sana y vivir la música del momento, como a cualquier chica de mi edad. Cuando
tengo que estudiar, antepongo los libros a todo lo demás.
De
siempre mis padres me han inculcado que para ser algo en la vida hay que
trabajar.
Nunca
me ha gustado llamar la atención de los chicos, no tengo novio, pero sí tengo
muy buenos amigos y amigas. Salimos en pandilla y me lo paso muy bien con
ellos.
El
invierno es muy duro para mí, comienzan las clases y hay que estudiar fuerte
desde el principio.
Una
tarde, después de ayudar a mamá en las tareas de casa y de haber repasado la
clase del día, necesitaba información sobre un tema. Lo más fácil en estos
casos, es acudir a la biblioteca. Siempre aprendes cosas nuevas y además me
apetecía salir un rato, así me daría un poco el aire, siempre viene bien.
Después
de rebuscar en varios libros, encontré lo que quería, pero el tiempo había
pasado muy deprisa. No me quería entretener más, en el mes de noviembre
anochece enseguida, las calles se quedan solitarias y no me apetecía andar sola
por ahí a esas horas, así es que decidí llevarme los libros a casa.
Aquel
día, la noche estaba muy oscura. A cada momento me sentía perseguida, me daba
miedo volver cada esquina, porque pensaba que al otro lado, iba a haber alguien
para asaltarme.
No
temas, me decía mi subconsciente, todos esos miedos son el fruto de leer tantas
novelas de terror.
Me
reconfortaban esas palabras de mi interior, pero mi paso era cada vez más
acelerado y no dejaba de mirar de vez en cuando hacia atrás.
A
dos manzanas de mi casa, justo cuando más tranquila iba caminando, salió de un
portal un hombre con la cabeza cubierta. Yo me puse a gritar como una loca,
éste se abalanzo sobre mí y tapándome la boca, me dijo:
-
O te callas o te rajo,
“desgraciá”.
Me
subió a la fuerza a un coche donde le esperaba el conductor y me vendó los
ojos.
Todo
esto sucedió en cuestión de segundos. Nadie se asomó al balcón al oír mis
gritos para ver que pasaba, ninguno de los coches que circulaban muy cerca, en
aquel momento, paró. ¡Dios mío!, en qué sociedad vivimos. Aunque todo esto lo
pensaba yo porque me estaba sucediendo a mi, si no yo también seguro que
hubiese hecho lo mismo. La gente no tiene ganas de complicarse la vida.
En
esos momentos, no sabía lo que me pasaba, creía que era un sueño, mejor dicho
una pesadilla de la que no podía despertar.
El
coche se puso en marcha, no sé dónde nos dirigíamos, como he dicho antes tenía
los ojos tapados, tal vez por si me escapaba que no supiera volver.
Durante
el trayecto, ellos no hablaban nada, sólo se oía la radio y el ruido de otros
coches al cruzarse con el de los que me habían secuestrado.
Al
cabo de mucho rato viajando, el coche se paró. Me bajaron de él y a empujones
me metieron, en lo que luego vi que era una nave o almacén grande. Cuando me
quitaron la venda, ya estábamos dentro. Parecía de pintura, porque había botes
por todos los lados y aunque estaba abandonado, todavía olía a ese olor tan
característico que tienen las pinturas y derivados.
Allí
nos estaban esperando otro hombre y una mujer, que parecían no tener cara de
buenos amigos.
Uno
de ellos, que tenía ojos de loco, no sé si por causa de haber tomado alguna droga
o necesitarla, se acerco a mí y cogiéndome por la barbilla, me dijo:
-
¡Que bonita eres niña!,
me molas cantidad.
De
pronto se acercó la mujer y dándole un puntapié, le dijo:
-
A esta ni tocarla, ¿lo
sabes?, si quieres algo ya me tienes a mí.
Yo
estaba aterrorizada. No sabía lo que iba a pasar. ¿Por qué me habían
secuestrado a mí? ¿Qué querían a cambio de mi vida?
-
¿Cómo te llamas?, me
preguntó la mujer del grupo.
-
Ana, respondí.
-
Bien, Ana, si te portas
bien, no te pasará nada, sólo tienes que hacer lo que te mandemos, me dijo.
-
Quiero irme a casa,
dije llorando.
-
Eso depende de papá,
¿sabes?, si papá nos da la pasta pronto, te irás enseguida, si papá se niega,
ya sabes. ¿Entendido?, preguntó.
-
Sí, entendido, dije yo.
-
Hemos comprado unos
bocatas, ¿te apetece uno?, dijo uno de los hombres.
-
No, gracias, no me
apetece comer nada, dije yo.
-
Mejor, aumento “pal”
rancho, dijo otro.
-
Mira nena, te tenemos
que devolver sana y salva. Así es que haz el favor de comer, ¿vale? Dijo la
mujer.
Estuvimos
cenando, ellos muy cucos, apenas hablaban, sólo abrían la boca para comer y
para hacerme preguntas.
Cuando
terminé de comerme el bocadillo, se acercó la mujer con un maletín, y sacó de
él una jeringuilla ya cargada. Yo tenía mucho miedo, creía que me iba a
inyectar heroína o una cosa así. Me agarró fuertemente el brazo y clavándome la
aguja me dijo: ahora a dormir y a callar. A los pocos segundos caí dormida.
Mientras
tanto, en casa de Ana, su madre empezaba a preocuparse.
-
No te parece que Ana,
tarda demasiado. Le dijo Luisa a Fernando.
-
Anda, no empieces
Luisa, siempre estás igual. Se habrá encontrado con alguna amiga, mujer. Dijo
su padre.
-
Es que ya son más
de las once, y a estas horas todas las
bibliotecas están ya cerradas, dijo Luisa.
-
A lo mejor, ha ido a casa
de Luis, a ver al niño, dijo Fernando.
-
No sé, no sé, no estoy
a gusto, pasan tantas cosas hoy por la calle. Voy a llamar a Luis, a ver si
está allí, propuso Luisa.
Esta
llamó por teléfono a su hijo Luis. Ana no había estado allí en toda la tarde.
No te preocupes, mamá, seguro que está bien. Ana es una chica muy responsable,
siempre huye de peleas y de malas compañías. Le dijo Luis tratando de
reconfortarla un poco.
En
esta ocasión Ana, no pudo huir. El sentirse sola y el miedo se apoderaron de
ella y no pudo hacer nada para escapar.
Las
horas pasaban y Ana no volvía a casa.
Su
madre, Luisa, llamó por teléfono a dos amigas de Ana. Nadie sabía nada. Nadie
la había visto esa tarde después del colegio.
Ana
dormía profundamente.
Sus
secuestradores tramaban un plan. Ana es una niña rica, su padre trabaja en la
Facultad de Medicina, seguro que podemos sacarle un buen pico, se decían entre
ellos.
-
Hay que planearlo todo
muy bien, estoy segura de que a estas horas la pasma, ya la está buscando por
todas partes, dijo la chica del grupo.
-
Bueno, lo primero es lo
primero, ¿cuántos kilos vamos a pedir por
la niña?, preguntó uno de los
hombres.
-
Siempre estás igual, le
dijo otro, antes tendremos que estudiar como conseguirlos, digo yo.
-
Estoy hasta las narices
de que siempre me lleves la contraria en
todo lo que digo, dijo el primero.
-
Cállate “pringao”, sólo
ves el dinero para tus chutes. No miras por los demás, dijo el segundo.
-
Te voy a dar un
puñetazo que te vas a tragar los
dientes, le dijo el primero, abalanzándose sobre su compañero.
-
Ya esta bien, dijo un
tercero tratando de separarlos, parecéis niños peleándose por una “bolsa
pipas”.
En
casa de Ana todo era incertidumbre, miedo.
-
Digas lo que digas, voy
a llamar a la policía, dijo Luisa a su marido.
-
Está bien, si te vas a
quedar más tranquila, llama, dijo Fernando.
-
Es que no lo
comprendes, son más de la una y media y la niña no ha vuelto. Pero que poca sangre,
¡Dios mío!, gritó Luisa, mientras marcaba el 091.
-
Me fastidia molestar a
los agentes simplemente por un juego de chiquillas, dijo Fernando, subiendo
también el tono de voz.
Luisa
estuvo hablando con la comisaría de Policía más cercana. ¡Malas noticias!, no
tenían ningún aviso, no sabían nada.
En
diez minutos, se presentaron en su casa, para recoger datos, algunas fotos y
para que Luisa y Fernando les contaran lo sucedido.
-
No se preocupen, dijo
un agente. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para devolverles a su
hija sana y salva. Les pido por favor, que estén muy atentos al teléfono. En el
caso de que la hayan retenido, no creo que los secuestradores tarden mucho
tiempo en ponerse en contacto con ustedes.
-
Hagan todo lo posible,
dijo Luisa llorando. ¿Qué le estarán haciendo a mi hija? ¡Canallas!
-
Ana, ¿es hija única?,
preguntó uno de los agentes.
-
No, tiene un hermano
mayor que ella, dijo Fernando.
-
Sabe su hijo lo que ha
pasado, dijo el agente.
-
Sí, dijo Luisa, le
llamé para ver si estaba allí. Lo que no sabe es que les he llamado a ustedes.
¿Por qué?, ¿sucede algo?
-
No, nada. No se
preocupe, dijo el policía. Hagan todo lo posible por descansar. Me temo que la
espera va a ser larga y como sigan así, no lo van a poder soportar. Confíen en
nosotros. ¡Hasta mañana!
-
¡Hasta mañana, agentes!
Gracias por todo, dijo Fernando despidiéndose.
-
¿Qué, te convences ya?,
dijo Luisa a su marido.
-
Si mujer, lo que pasa
es que no quería creer que la situación estuviese llegando a este extremo, dijo
Fernando.
Las
horas se hacían interminables, nadie decía nada, ni una llamada, nada.
En
el almacén de pintura todos dormían.
Al
día siguiente, pasadas doce horas, Ana despertó muy nerviosa y asustada.
-
¿Dónde estoy, qué
queréis de mí? Por favor soltadme, dijo Ana, gritando.
-
No grites por lo que
más quieras, zorra, nos vas a chafar el plan, le dijo la mujer del grupo
cogiéndola por los pelos.
-
Necesitamos hablar con
tu papi, así es que vas a ser buena y nos vas a decir su número de teléfono,
¿vale, guapa?, dijo uno de los hombres.
-
Y si me niego, dijo Ana
con un poco de sangre fría.
-
Tu misma, nosotros nos
quedaremos sin la pasta, pero tú vas a perderlo todo, porque no saldrás con
vida de aquí, dijo la mujer, tirándola más fuerte del pelo.
-
Está bien…, suéltame…,
me estás haciendo daño, dijo Ana sollozando.
-
Vamos, habla, dijo uno
de los hombres.
-
Noventa y uno… seis,
tres, nueve…cuatro, dos…cinco, ocho, dijo Ana.
-
¿Coincide?, preguntó la
mujer a uno de sus compañeros.
-
Sí, este es, dijo uno
de los hombres.
-
¿Cómo que si coincide?,
¿por qué tenéis vosotros el número de teléfono de mi casa?, preguntó Ana.
-
¡Cállate!, aquí las
preguntas las hacemos nosotros, dijo la mujer del grupo.
-
Ahora vas a llamar a tu
casa. Mucho ojo con lo que dices, ¿de acuerdo? Dijo uno de los hombres,
poniéndola una navaja en el cuello.
Una
vez hubo marcado el número, al otro lado, Luisa cogió el teléfono.
-
¡Hola mamá! soy yo,
Ana, estoy bien, no os preocupéis por mí.
Luisa,
no paraba de hacerle preguntas.
-
Por favor…,
mamá,…déjame… hablar,… no tengo… mucho tiempo. Dijo Ana casi ahogada por el
llanto y el miedo. Si hacéis lo que os dicen, no me pasará nada. Adiós mamá, un
beso para papá.
-
Oye vieja, dile a tu
marido que se ponga al teléfono, dijo uno de los secuestradores.
-
¿Sí?, ¿cómo está mi
hija?, por favor no le hagan daño, yo les daré todo lo que pidan, dijo
Fernando.
-
Me gusta tu buena
intención, dijo uno de los hombres. Ahora escucha con atención, sólo te lo diré
una vez. Quiero trescientos mil euros y un coche nuevo, con el depósito de
gasolina lleno, no tengo preferencias por ninguna marca pero si es Mercedes o
BMW, mejor. Mañana sobre estas horas más detalles.
-
¿Oiga?, ¿oiga?, han
colgado, dijo Fernando, desconsolado.
-
Hay que llamar rápido a
la policía para contárselo todo, dijo Luisa muy nerviosa.
En
la comisaría, les dijeron que al día siguiente irían a casa de Ana, con un
equipo de especialistas, para intentar interceptar la llamada. También les
dijeron que había un gran despliegue de policías rastreando toda la zona. Que aún no habían encontrado nada
sospechoso.
-
¡Madre mía!, dijo Luisa
impaciente, poco a poco se acerca la noche y aquí nadie dice nada.
-
Ten confianza, le dijo
Fernando, tratando de animarla.
Justo
en ese momento, sonó el timbre de la puerta.
-
¡Ay!, ¿quién será Dios mío?,
dijo Luisa, según iba corriendo a abrir la puerta.
Era
su hijo.
-
Hola mamá, dijo Luis.
-
Hola hijo, dijo Luisa,
abrazándose a él llorando.
-
No llores mamá, seguro
que Ana está bien, dijo Luis.
-
Dios te oiga, hijo,
dijo Luisa. ¿Pero cómo puedes estar tan seguro?
-
No sé, quizás es que
soy demasiado optimista, dijo Luis.
Claro
que sabía que su hermana estaba bien, demasiado bien.
En
el almacén, cuando se disponían a dormir…
-
¿Oís?, llaman a la
puerta, dijo uno de los hombres.
-
Coged las armas e id vosotros dos a ver quién es,
ordenó la mujer. Nosotros vigilaremos a ésta.
-
Es Luis, dijo uno a
voces, de los dos que habían ido a abrir
la puerta.
-
¡Cállate “desgraciao”!,
le dijo el otro, cerrándole la boca de
un puñetazo. Eres gilipollas o qué. No te das cuenta de que las “podío cagar”.
-
Lo siento tío, me ha
dado tal alegría el ver que era uno de los nuestros. Estaba “cagao” de miedo,
dijo el otro, mientras hacía movimientos con la mandíbula, tratando de
colocársela.
-
Lo que tengáis que
hablar lo habláis fuera, ¡par de inútiles!, dijo la mujer, muy enfadada.
-
¿Qué pasa?, pregunto Ana.
-
Nada que a ti te
importe, nena, dijo el otro hombre que se había quedado vigilándola.
-
He oído que han dicho
Luis, dijo Ana.
-
Y qué coños pasa, dijo
la mujer.
-
Nada, dijo Ana. Al oír
el nombre de Luis, me ha recordado a mi hermano. Seguro que hace todo lo
posible por sacarme de aquí.
-
Escucha lo que dice,
que su hermano se llama Luis y que va a venir a rescatarla, dijo la mujer
riéndose.
-
Te dije que era mejor
que la tuviéramos dormida todo el tiempo, dijo el hombre.
-
El sedante puede crear
adicción, y la tenemos que entregar sana y salva. ¿Es que no lo comprendes,
joder? Dijo la mujer un tanto cabreada.
Mientras
tanto, fuera en la calle…
-
¿Traes buenas noticias
o qué?, preguntó uno de los hombres a Luis.
-
Antes quiero saber que
tal está mi hermana, dijo Luis.
-
No te preocupes, ella
está bien, dijo el otro.
-
Tratarla con cariño,
sino no hay trato que valga, dijo Luis. Bien, a lo que íbamos, mañana cuando
llaméis a casa de mis padres, la policía va a hacer todo lo posible por
interceptar la llamada.
-
No te preocupes, las
llamadas las hacemos desde un móvil trucado, dijo el otro hombre. Así no
corremos peligro.
-
Bueno tíos, me voy dijo
Luis. Es muy peligroso estar aquí en la calle, están rastreando la zona.
-
Vale colega, ya queda
menos para tener la pasta, dijo el otro hombre, frotándose las manos.
-
Ya va siendo hora de
que mi viejo suelte el dinero, que tantas veces le he pedido y nunca me quiso
dar. Ahora no tiene más remedio. Está en juego la vida de su niña, su niña
mimada. ¡Ja!, ¡ja!, dijo Luis riéndose. Bueno gente, lo dicho, ¡hasta mañana!
-
A ver si otra vez
tenéis más cuidado, dijo la mujer a sus compañeros cuando volvieron de la
calle, y no se hable más del tema.
Después de la visita de Luis a sus colegas, se
calmaron lo ánimos de todos, incluida Ana, y pronto se quedaron dormidos.
¿Cómo iba a pensar Ana que su hermano del alma, era
el jefe de los que la habían secuestrado?
¿A qué venía aquella reacción del hermano que ella
tanto quería y admiraba?
Por un puñado de billetes, Luis consentía en tener a
su hermana en esta situación y a sus padres al borde de un ataque de nervios.
Al día siguiente, justo como lo habían prometido, la
policía, junto con un especialista en estos menesteres, fue a casa de Ana.
-
Buenos días, dijo Luisa
al abrirlos la puerta.
-
Buenos días, señora,
¿qué tal están ustedes? ¿han descansado?, preguntó uno de los policías.
-
Muy mal, dijo Luisa muy
triste, lo poco que he dormido, he soñado de todo, incluso que no volvía a ver a
mi hija.
-
Tenga confianza en
nosotros señora. Estamos haciendo lo imposible, dijo el otro policía.
-
Mejor será que vayamos
preparando el equipo, dijo el especialista.
-
Ustedes hagan su
trabajo, están en su casa, dijo Fernando.
-
Me gustaría hacerles
unas aclaraciones antes de nada, dijo el policía. Cuando suene el teléfono, le
cogerá uno de ustedes y tratará de conversar con tranquilidad y escuchando con
mucha atención todo lo que le dicen. ¿Entendido?
-
De acuerdo, dijeron
Luisa y Fernando.
A las pocas horas, cuando en casa de Ana ya estaba
todo preparado, suena el teléfono…
-
¡Ay!, el teléfono
Fernando, dijo Luisa.
-
Recuerden, tranquilidad
y entereza, dijo uno de los policías.
-
Sí, ¿dígame?, preguntó
Fernando.
-
Hola papá, soy yo Luis,
era para preguntar que tal iba todo.
-
Pues mira hijo, todo
igual, estamos deshechos. Aquí está la policía con todo preparado, a ver si
cuando llamen, pueden encontrar la zona desde dónde lo hacen, dijo Fernando.
-
Bueno papá, si tenéis
alguna noticia no dejéis de llamarme a la oficina. ¡Hasta luego!, dijo Luis.
-
Adiós hijo, dijo
Fernando.
¿Cómo se iba a imaginar Fernando, que su hijo era el
cabecilla de la organización que tenía secuestrada a su hija?
-
Era mi hijo Luis, dijo
Fernando.
-
¿Dónde trabaja su
hijo?, preguntó uno de los policías.
-
En una sucursal de Caja
Madrid, dijo Luisa.
-
¿Su hijo tiene coche,
señora?, preguntó el policía.
-
Sí, respondió Luisa.
-
No sabrán ustedes el
número de la matrícula, dijo el policía.
-
Pues no, pero creo que
tengo el último recibo del impuesto que se paga al Ayuntamiento. Desde que se
casó por no andar de papeleo para cambiar
la dirección, etc., se lo pago yo y da la casualidad de que éste todavía
no se lo ha llevado, dijo Luisa.
-
Dígamelo por favor,
dijo el policía.
-
Eme…, cinco mil, setecientos,
veintiocho, uve…, a. Dijo Fernando.
-
¿Por qué todas esas
preguntas? señor agente, dijo Luisa.
-
Toda la información que
podamos tener es poca, señora, dijo el policía.
El teléfono vuelve a sonar… de nuevo lo coge
Fernando.
-
Sí, ¿quién es?
-
Hola papá, soy Ana,
estoy bien, no os preocupéis por mí. ¿Qué tal estás, y mamá, y Luis, y el niño?
Un beso para todos. Lo siento, no tengo mucho tiempo para hablar.
-
¡Hija!, dime algo más,
dijo Fernando. Cuídate, te queremos.
-
Viejo, tu hija está
bien, si cumples con todo, pronto la tendrás en tu casa, dijo uno de los
secuestradores. Escucha con atención todo lo que te voy a decir, no te lo voy a
repetir. Coge los trescientos mil euros, junto con el coche y llévalos al
kilómetro 150 de la carretera que pasa por el monte Abantos, allí me
encontrarás. No hagas ninguna tontería o tu hija lo lamentará. La cita será
mañana a las ocho en el lugar acordado. Adiós.
-
Ya lo han oído, dijo
Fernando. ¿Iré sólo o me acompañaran alguno de ustedes?
-
Al sitio acordado irá
usted sólo, pero no se preocupe, por que habrá muchos policías en los
alrededores, sin que usted ni ellos los vean, dijo uno de los agentes. Hay que
darse mucha prisa, el tiempo es oro y hay que organizarlo todo muy bien,
cualquier fallo sería fatal.
-
Y no pueden acompañarle
por lo menos uno de ustedes, dijo Luisa.
-
Ya has oído que no,
Luisa, no insistas, dijo Fernando.
-
No se preocupe señora,
estaremos muy cerca de su marido, dijo un policía. Hablando de otro tema,
¿tiene usted el dinero que piden?
-
Tengo un poco, pero
hasta mañana puedo conseguir el resto, dijo Fernando. Tengo muy buenos amigos,
compañeros de trabajo, que me lo van a prestar, ya he hablado con ellos, sólo
tengo que ir a buscarlo. El coche puede valer el mío, no tiene más de tres
meses.
-
¿Qué marca es?,
preguntó el otro policía.
-
Un mercedes, dijo
Fernando.
-
Es una lástima, dijo el
policía, pero ya no hay tiempo para buscar uno peor, y tener todo el papeleo
listo para mañana.
-
Lo que nos sirve de
mucha ayuda, es la ficha técnica del vehículo, el número de matrícula, etc.
Haremos fotocopias de toda la documentación, dijo el otro policía. Después hasta
podemos recuperarlo.
-
Trabajo en vano, dijo
el especialista.
-
¿Por qué?, preguntaron
todos.
-
La llamada aunque venía
desde un móvil, ha sido imposible poderla interceptar. Aparte, la comunicación ha sido muy corta, siguió
diciendo el especialista.
-
Por lo menos lo hemos
intentado, dijo uno de los policías. Señores, nos tenemos que marchar, ahora
nos toca a nosotros preparar nuestro plan.
-
Una vez más gracias por
todo, dijo Fernando. ¡Hasta mañana!
-
¡Hasta mañana! Les
mantendremos informados de todo cuanto suceda, dijo un policía.
-
Ya queda menos para ver
a nuestra hija, dijo Fernando a Luisa.
-
Sí, pero hasta que no
la vea aquí, no me lo creo. Además tengo muchísimo miedo, mañana te tienes que
encontrar cara a cara con esos degenerados, dijo Luisa aterrorizada.
-
No pasará nada mujer,
ya lo verás, ten esperanza, dijo Fernando, tratando de animarla.
Mientras tanto, en el almacén de pinturas, la vida
seguía igual. Ana estaba bien, los secuestradores se portaban bien con ella. No
podía ser de otra manera, puesto que era la hermana del jefe de la banda y si algo la sucedía, perderían el
dinero.
Esperando que llegara el gran día, analizaban los
últimos detalles…
-
¿Quién va a ir esta
vez?, preguntó la mujer del grupo.
-
Iré yo. Dijo uno de la
banda. Soy el que tengo más experiencia y estoy acostumbrado a estas
situaciones.
-
Está bien. Ya sabes lo
que tienes que hacer. Antes de soltar a la chica, que te den el dinero y el
coche. Seguro que la pasma andará merodeando por allí, ten mucho cuidado.
Llévate la pistola cargada, pero no la saques bajo ningún concepto, sólo si las
cosas se ponen muy feas, dijo la mujer.
-
Necesito que venga
alguien conmigo para vigilar a ésta, no me fío de ella, dijo el secuestrador.
-
Tranquilo, éste os
llevará al sitio acordado. Luego se vendrá por un camino que él conoce muy
bien, esquivando a la policía. Tú
esperarás allí con la chica, que estará maniatada y amordazada. Dijo la mujer.
-
¿Y luego? ¿Cuándo ya
tenga el dinero y el coche?, preguntó el secuestrador.
-
Te pierdes por ahí, no
vengas aquí directamente, te pueden seguir, dijo la mujer. Por la noche vendrá
el jefe y repartiremos el botín.
-
Está bien, intentaré
que todo salga bien. Dijo el secuestrador.
-
Más te vale, dijeron
los demás.
En casa de Ana, por la noche, había estado Luis, su
hermano. Cuando éste se fue…
-
Me molesta la seguridad
de Luis, dijo Fernando a Luisa.
-
Hombre, él lo hace para
tranquilizarnos, dijo Luisa.
-
Ya, pero es que no sé,
está muy raro. No se le ve preocupado, parece que hubiera visto a su hermana
todos estos días, dijo Fernando.
-
Sí, seguro que la ve,
pero en sueños como tu y como yo. ¿Cómo no va estar preocupado? Tanto como
nosotros, lo que pasa es que no lo demuestra. Anda, vamos a intentar descansar
un rato, mañana hay que madrugar, dijo Luisa. ¡Ay, Dios mío!, ¿por qué no será ya
la hora?
Llegó el gran día, Fernando se levantó muy temprano.
Poco a poco se acercaba la hora para ir en busca de su hija. Parecía que
llevaba fuera de casa un año o más.
-
Me voy, dijo Fernando.
Mientras que llego y busco el sitio, las ocho. Además no me importa si tengo
que esperar un poco.
-
¡Ten mucho cuidado! En
cuanto que tengas a la niña, llámame por
favor. Llévate el móvil, dijo Luisa, muy nerviosa.
-
Estate tranquila. Todo
va a salir bien, dijo Fernando.
-
Oye, que no habíamos
caído en ello, ¿cómo vais a volver luego a casa? Preguntó Luisa.
-
La policía va a estar
por allí, ellos nos traerán dijo Fernando.
-
Podíamos habérselo
dicho a Luis, él hubiese ido encantado, dijo Luisa.
-
No, mejor que no le
mezclemos en esto, además tiene que trabajar, dijo Fernando. Me voy, se me va a
hacer tarde.
-
¡Adiós! y suerte
cariño. Voy a estar en vilo hasta que me llames por teléfono, dijo Luisa.
Fernando cogió su mercedes recién estrenado y partió
hacia el monte Abantos, lugar del desenlace.
Al llegar allí, no había ni un alma, quizás era muy
pronto todavía.
Estuvo dando vueltas con el coche. A veces se bajaba
de él y caminaba un rato. Era la hora y allí no aparecía nadie. Fernando no
sabía lo que pensar. ¿Se habrán reído de nosotros?, se decía para sí. ¿Será una
emboscada?
Era otoño, el viento movía las ramas de los árboles y
las hojas que había en el suelo, y éstas a su vez, al estar ya secas hacían
ruido, un ruido como si alguien las pisara. Esto a Fernando le ponía los pelos
de punta. No tenía miedo a nada, pero esta vez, era distinta a cualquier otra situación
que hubiese vivido antes.
Volvió a subir al coche y siguió dando vueltas. Al
llegar de nuevo al lugar acordado, allí estaban. ¡Mi hija!, ¡es mi hija!, dijo Fernando, loco de
contento. ¡Dios mío, gracias!
Fernando paró el coche a una distancia prudencial de
donde estaban su hija y el secuestrador. Al bajarse de él…
-
No des un paso más, le
dijo el secuestrador. Coloca el maletín abierto en el asiento del copiloto y
aléjate del coche.
-
Ya lo he hecho, ahora
suelta a mi hija, dijo Fernando, con mucha sangre fría.
-
Aquí las órdenes las
doy yo. Así es que ya lo has oído, ¡retírate del coche!, dijo el secuestrador,
subiendo el tono de voz.
-
Está bien, dijo
Fernando.
El secuestrador se acercó al coche, llevando a Ana a
empujones y sujetándola por una cuerda que ataba sus manos. Una vez comprobó
que todo estaba en orden, se subió en él, lo puso en marcha y dio a Ana un
golpe, tirándola al suelo. El coche salió derrapando a toda velocidad. Fernando
que se había retirado por órdenes del secuestrador, fue corriendo al encuentro
con su hija.
Al instante acudieron policías por todos lados, como
si saliesen de debajo la tierra.
-
¡Papá!, dijo Ana.
-
¡Hija!, ¡hija mía!
¿Estás bien?, dijo Fernando.
-
Sí, papá, estoy bien. Y
vosotros, ¿qué tal estáis todos? Os he echado tanto de menos. Dijo Ana,
llorando.
-
Ya pasó todo, hija.
Tranquilízate, dijo Fernando.
-
Es mejor que les
llevemos a casa, dijo uno de los policías. Allí podrán conversar con más
tranquilidad.
-
Sí, vámonos, señor
agente, dijo Fernando.
De camino a casa, Fernando telefoneó a Luisa, que no
pudo hablar nada por lo emocionada que estaba.
Todos estaban muy contentos. Fernando había perdido
mucho dinero y su mercedes, el coche con el que había soñado tanto tiempo, pero
había dado la vida a su hija.
En casa de Ana, había una gran fiesta. ¡Mi hija ha
vuelto!, dijo a voces Fernando. Todos estaban muy felices y contentos, pero
aquí no acaba la historia…
Por la noche, Luis fue a reunirse con sus compañeros,
al almacén. Había que repartir el botín. Llamó a la puerta, uno de los secuestradores le abrió, con tanta
emoción, que cuando entraron se les olvidó a los dos cerrar con llave…
-
Es Luis, dijo éste. Muy
bien tronco, tenemos las pelas, tenemos el coche y tu hermanita ya está en su
casa sana y salva.
-
Sí, tíos, cojonudo,
todo ha salido como lo planeamos, dijo Luis muy contento.
-
¿No te habrá seguido
nadie?, preguntó la mujer del grupo.
-
No lo creo, yo durante
el trayecto no he visto a nadie, dijo Luis.
-
Pues no sé a que
esperamos, dijo otro de los secuestradores, manos a la obra.
Todos se pusieron como locos a contar el dinero,
tanto es así que se olvidaron de que habían cometido un delito y que la
policía, aunque Ana ya estaba en su casa, seguía buscándolos.
-
¡Madre mía!, no se lo
que voy a hacer con tanto dinero, dijo uno de los secuestradores.
-
Yo lo tengo muy claro,
dijo otro. Yo ya me jubilo, no quiero seguir jugándome la vida. Con este
dinero, sacaré adelante mi casa durante un tiempo y mientras tanto buscaré un
trabajo digno.
-
No podrás aguantarlo.
Tu trabajo es este, cualquier otro no te llenará, dijo el primero.
-
Yo me voy a poner hasta
el culo de coca. Lo mejor que haya en el mercado será para mí, y cuando se me
acabe el dinero, no faltará otro “pringao”, que me lo siga pagando, dijo otro.
-
Siempre estás igual,
dijo la mujer. ¿Y tú, Luis?, ¿qué vas a hacer con tu parte?
-
Yo seguiré trabajando,
pero viviré más desahogado, dijo Luis.
-
¿Por qué no te quedas
con nosotros? Aquí sabes que te apreciamos mucho, dijo la mujer.
-
No, mi vida no es esta.
Además yo tengo mi mujer y mi hijo, sin ellos no soy nada, dijo Luis.
-
Vale ya de
sentimentalismos coño, me he tomado la libertad de comprar una botella de
champán, además del bueno. Esto hay que celebrarlo por todo lo alto, dijo uno
del grupo. Tomad las copas. Venga, ¿por qué brindamos?
-
Por nosotros, dijo la
mujer del grupo, creo que nos lo merecemos.
Cuando se disponían a alzar las copas para brindar…
-
¡Alto, que no se mueva
nadie!
La policía los pilló “in fraganti”. No estaban
preparados para afrontar la situación. Las armas estaban guardadas y
descargadas. No había tiempo para reaccionar. Ellos eran cinco con Luis,
policías eran muchos más. Después de cachearlos y arrestarlos, los subieron a un furgón blindado.
Camino de la comisaría…
-
¿Con que no te habían
seguido, eh? dijo la mujer del grupo a Luis, muy enfadada.
-
La verdad, yo no vi a
nadie, dijo Luis.
-
Novatos, encima os
dejáis la puerta abierta, dijo otro del grupo.
-
Tranquilos, no pasará
nada, dijo Luis.
-
A ti desde luego que
no. Pagarán la fianza por ti y a los tres días ya estarás en la calle. En
cambio, nosotros, nos haremos viejos en la cárcel. Dijo otro de los hombres del
grupo.
-
Yo no tuve la culpa,
dijo Luis. Yo no he llamado a la policía. Sólo fue un descuido.
-
Pues así es como
pagamos nosotros los descuidos. Esto para que aprendas, niñato, dijo la mujer.
-
¡Vale ya!, de nada
sirve discutir ahora, ya no hay remedio, dijo otro del grupo.
La fiesta seguía en casa de Ana, cuando sonó el
teléfono. Luisa lo cogió rápidamente…
-
¿Dígame?... Sí…, sí, es
aquí… ¿qué pasa?..., sí, ahora mismo vamos.
-
Fernando, Ana, nos han
llamado de la comisaría, tienen algo muy importante que decirnos, que vayamos
enseguida, dijo Luisa, muy nerviosa.
Los tres cogieron un taxi, para ir a la comisaría. No
comprendían para que les llamaban y con tanta urgencia. Al llegar allí…
-
Buenas noches, señores.
Soy el inspector jefe. Siento mucho el haberles molestado a estas horas,
sabiendo lo cansados que están después de todo lo sucedido, pero este es un
asunto que no puede esperar.
-
No se preocupe,
inspector, el cansancio se ha convertido en alegría cuando hemos visto a
nuestra hija sana y salva, dijo Fernando.
-
Siento también
decirles…, que su…, hijo Luis, está detenido por un delito de secuestro
principalmente, y por otros motivos que ya explicará el juez en su día, dijo el
inspector.
-
¿Detenido? ¿Por qué?
¿Qué es lo que ha hecho? Dijo Luisa.
-
Pues porque ha sido el
cabecilla, de la organización que ha tenido secuestrada a su hija, ni más ni
menos, dijo el inspector.
-
Pero eso no puede ser
verdad, dijo Fernando, se habrán confundido ustedes con otra persona. Mi hijo
ha ido todos los días a visitarnos, cuando Ana estaba secuestrada.
-
Eso no tiene nada que
ver. Mire usted, dijo el inspector, su hijo ha ido a trabajar todos los días,
después de que ustedes le contaran inocentemente, lo que la policía iba a hacer
al día siguiente. Su hijo se reunía con sus colegas para contárselo. Además le
pillaba de paso. Su hija ha estado muy cerca de ustedes aunque no lo crean,
concretamente en el almacén de pinturas que hay abandonado a tres o cuatro
manzanas de su casa.
-
No puede ser, dijo Ana.
Desde que me subieron en el coche, hasta que llegamos pasó mucho tiempo. Además
yo no conocí el almacén.
-
Lo del tiempo es
normal. Ellos no podían ir directos, porque usted se hubiese dado cuenta
enseguida. Por el tiempo transcurrido, usted hubiese sabido que estaba cerca de
su casa. Con lo cual, ellos se dedicaron a dar una vueltas por la ciudad, para
confundirla. ¿Por qué no reconoció la nave? Porque usted entró seguramente con
los ojos vendados y nunca había estado dentro del almacén, ¿o no es así?,
preguntó el inspector.
-
Sí, así es, dijo Ana,
convencida.
-
Perdone la pregunta,
pero ¿cómo consiguieron ustedes detenerlos?, dijo Fernando.
-
La verdad es que nos ha
costado un poco. Ustedes recordarán que mis compañeros, les pidieron el número
de matrícula del vehículo de su hijo. Durante esos días nos hemos tomado la
libertad de seguirle a todos los sitios donde iba, al trabajo, a su casa, a
casa de ustedes, de compras y por último al almacén, donde les pillamos
repartiéndose el dinero, dijo el inspector. El dinero y el coche, lo hemos
recuperado íntegramente. Yo comprendo que es muy duro para ustedes, pero su
hijo ha pedido verles en cuanto que llegasen. Pasen a esa habitación de ahí
enfrente, estarán más cómodos y podrán conversar con su hijo con más
tranquilidad.
En la habitación contigua…
-
Pero Luis, hijo, como
nos haces esto, dijo Luisa abrazándose a él llorando.
-
Perdóname mamá,
perdonadme todos. No quería hacerlo, dijo Luis.
-
Hijo, creo que ya eres
bastante mayor para que te convenzan de algo que tú no quieres hacer. No me
vengas ahora con el cuento de que te han engañado. Además sabemos que eres el
cabecilla del grupo. ¿Así es como pagas a tus padres todo lo que han hecho por
ti?, dijo Fernando muy enfadado.
-
Estaba harto de ocupar
siempre el segundo lugar, dijo Luis. Vosotros no os dabais cuenta de que yo
también existía. Vuestra hija era sólo Ana.
-
¿Y por envidia has
tenido que hacer una cosa así?, no tenías la suficiente confianza con tus
padres para decírnoslo, dijo Luisa. No te das cuenta de todo el daño que nos
has causado. Has puesto en peligro la vida de tu hermana.
-
No, eso si que no. Yo
iba todos los días a ver como estaba. En el plan lo principal era el no hacerle
daño, dijo Luis.
-
Claro, por eso te
matabas en decir siempre que ibas a casa, que ella estaba bien, ¿verdad?, dijo
Fernando. ¡Que vergüenza para mí! En la facultad todos harán comentarios al
cruzarse conmigo.
-
Ya se que es eso lo que
más te duele, no te importa que yo esté arrestado, dijo Luis. Yo no te he
importado nunca.
-
No te consiento que
hables así. Sabes muy bien que nos hemos sacrificado por ti, ¡y mucho! Cuando
terminaste la carrera, te fuiste a la mili, viniste de la mili y quisiste
casarte enseguida. Tú, no tenías un euro, ¿quién crees que te compró el piso?
¿qué te piensas, que nos lo regalaron? Más valiera que pensaras en tu mujer y
en tu hijo. A ver qué les cuentas a ellos cuando se enteren. ¡Sinvergüenza!
Dijo Fernando muy enfadado.
-
Ana, hermanita, espero
que tú me perdones, dijo Luis, sollozando.
-
Ni lo sueñes, has
estado a punto de chafarme la vida. Eso no se me va a olvidar a mí nunca.
¡Canalla! ¡canalla! Claro, por eso un día de los que estuviste allí, a un
imbécil de esos amigos tuyos, se le escapó y dijo tu nombre. Ahora entiendo
todo, dijo Ana.
Al rato de estar conversando duramente, entró un
policía a buscar a Luis, tenía que prestar declaración.
-
Una vez más lo siento
mucho señores, dijo el inspector. En último caso saben ustedes que pueden pagar la fianza, si así lo prefieren.
Aún queda tiempo para que se lo piensen.
-
De eso nada, él que lo
ha hecho, él que lo pague, dijo Fernando. Este se va a acordar de mí toda su
vida, “¡desgraciao!”.
-
Ahora a la salida
pueden ustedes recoger el dinero y las llaves del coche, sólo tendrán que
rellenar unos documentos, dijo el inspector. Buenas noches, señores.
Los días que sucedieron a esta difícil situación,
fueron muy tristes para toda la familia.
Al poco tiempo salió el juicio. Luis junto con sus
compañeros, deberían cumplir una condena de cincuenta años de prisión mayor, o
pagar una fianza de cuatro millones de euros, respectivamente.
La esposa de Luis pidió a Fernando que hiciera el
favor de pagar la fianza, que después harían todo lo posible para devolvérselo.
Que le perdonara, que al fin y al cabo era su hijo y que no iba a estar siempre
con ese remordimiento. Si su hijo no sabe agradecérselo, su nieto y yo se lo
agradeceremos.
Luisa y Fernando estaban desesperados, no se
explicaban cómo su hijo había podido hacer una cosa de semejante magnitud. Era
incomprensible.
-
Mañana hay que dar la
contestación al juez, dijo Luisa a Fernando. ¿Qué vamos a hacer?
-
Ya sabes lo que pienso,
dijo Fernando.
-
Hazlo por tu nieto,
hombre, él no ha hecho nada para condenarle a vivir sin su padre, dijo Luisa.
-
Yo tampoco he hecho
nada para merecer esto y me tengo que aguantar, dijo Fernando.
-
Cuidado con lo bueno
que eres y lo bruto que te pones algunas veces, dijo Luisa llorando.
-
Está bien, lo pagaré,
porque si no vas a estar toda la vida echándomelo en cara, dijo Fernando. Pero
que sepa que me tiene que devolver hasta el último céntimo.
-
Gracias, cariño. Sé que
dentro de ti hay un corazón muy grande y no me digas que no, que ya nos
conocemos, dijo Luisa sonriendo.
Al día siguiente fueron a buscar a Luis y a entregar
el dinero…
-
No sé como os voy a
pagar todo lo que habéis hecho por mí. Ahora me doy cuenta de que sois unos
padres maravillosos. Espero que algún día me podáis perdonar, dijo Luis
emocionado.
-
Eso para que te des
cuenta y vayas diciendo por ahí que tus padres te han dado siempre de lado,
dijo Fernando.
-
No empecemos de nuevo,
dijo Luisa. Al final todo ha salido bien. Ana está en casa y tú, Luis, puedes
volver a la tuya con tu mujer y tu hijo.
-
¿Y Ana, me perdonará?,
preguntó Luis.
-
Ahora está un poco rebelde,
no quiere ni oír hablar de ti, pero seguro que se le pasará pronto, dijo Luisa.
Todos volvieron a sus respectivas casas contentos y
felices, esperando que el tiempo que todo lo cura, pasara pronto y borrara
viejos rencores.
Y
colorín, colorado…